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La fotografía

―Mira, ese niño era yo, el de la fotografía. En aquel entonces retratarse era todo un acontecimiento, no vayas a creer que era igual que hoy. Si querías una foto tenías que ir a la capital porque ningún fotógrafo venía por el pueblo.

No sé por qué padre se empecinó en que debíamos tener un retrato familiar, así que tomamos “el correo” hasta Toledo. Había oído hablar de un estudio de cierta solera que había cerca de la plaza de Zocodover. ¡Cómo recuerdo ese día! El traje de domingo, los zapatos, la excursión a la capital… y la emoción de la novedad cuando el fotógrafo nos dispuso de esta manera que ves: madre sentada y custodiada a ambos lados por padre y por mí; yo a su izquierda y padre, arrogante, a la derecha, mirando directamente al objetivo y con la mano sobre el hombro de madre.

Pero también recuerdo cómo el fotógrafo tomó la barbilla de mi madre entre sus dedos índice y pulgar, y le inclinó un poco la cara para que quedara en penumbra.

La cara en penumbra…

No debía verse la marca de su ojo.

Después de aquel día mi padre, tu bisabuelo, colgó el retrato en el comedor y desde ahí siempre nos ha vigilado.

En A contrapalabra, revista de creación literaria, nº 1, ISSN 1989-7936

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Sorbete de corcheas de la abuela

A todos los que en épocas de crisis,
pasadas y presentes,
 se las ingenian para poner cada día
un plato de comida en la mesa.



Mi abuela, como todas las abuelas, hacía unos guisos maravillosos. Acostumbrada a sortear épocas escasas, su cocina se basaba en pobres y originales recursos. De ella aprendí a hacer este sorbete de corcheas que inventó o, mejor dicho, descubrió en uno de aquellos días de sopas de ajo y pan duro.

Desde niña, mi abuela era amiga de cantar mientras trajinaba en la cocina. Decía que así no le hacía llorar la cebolla, pero cantar tenía un inconveniente: todo quedaba lleno de corcheas, esas molestas notas musicales que, como sabéis, se van prendiendo en las alacenas y se esconden entre los paños, y cuando quieres limpiarlas... ¡Ay de ti! Risueñas como son, van de un sitio a otro sin que nadie las pueda cazar, hasta que terminan por cansarse de tomarte el pelo y salen por la ventana para dar la murga a otro inocente.

Un día, mientras hacía agua de limón para una celebración, vio cómo una corchea golosa se iba relamiendo al acercarse al azúcar. Y qué os voy a contar de lo preciado que podía llegar a ser el azúcar en aquellos años. Mi abuela no podía consentir que la nota mojara siquiera la punta de su corchete. Así que la miró, se concentró, e intentó atraparla. Pero lo que consiguió fue un forcejeo que acabó con la corchea haciendo equilibrios en el borde de la jarra y, justo cuando la iba a pescar con un trapo, la corchea cayó dentro. Entonces mi abuela descubrió que las notas son efervescentes, al ver que el agua de limón parecía gaseosa. Lo probó y sabía a risa y alegría.

Desde entonces siempre echaba un puñadito de corcheas en su refresco. Enteras, eso sí, que si las troceas se convierten en semicorcheas o fusas, hacen más burbujas y la bebida se vuelve indigesta.

Cuando llegaron mejores años, mi abuela enriqueció esta sencilla receta de la siguiente manera:

Cocía el agua con una ramita de canela y mucho azúcar. Al templarse, le añadía el zumo de limón y un poco de su cáscara rallada. Lo metía en la nevera y, cuando estaba bien frío, le añadía dos claras batidas a punto de nieve y las corcheas al gusto. Lo servía con una pizca de canela molida o hierbabuena picada.
Mi abuela ofrecía este sorbete siempre que había que dar alguna mala noticia, ya que la alegría de las corcheas es contagiosa.
En Renacuajos, ranas y algún que otro príncipe azul. Editorial Grupo Búho. 2008

El alacrán

Cuando llegó a la orilla, olía a sal y a mañana. Estaba chorreando y tenía el cuerpo revuelto, pero había merecido la pena. Las gaviotas señoreaban en la playa, picando aquí y allá. Eso le hizo pensar en su bolsa, ¿dónde estaba? No quería que las gaviotas la destrozasen, en esa bolsa de basura guardaba sus más preciadas pertenencias. Había cargado con ella durante toda la travesía. La abrazó muy fuerte contra el ímpetu del mar, pero las últimas olas se la llevaron antes de alcanzar la arena.

Agudizó la vista y la descubrió semioculta entre un par de rocas. Poquito a poco, con el cuerpo dolorido, se levantó y se dirigió hacia ella para cogerla. Fue entonces cuando vio el alacrán. Aguardaba indefenso debajo de la bolsa de basura. Mierda. Sólo faltaba esto. Después de los vómitos y del frío, sólo faltaba que lo picase.
Cogió una piedra para matarlo. Mientras, escuchaba las olas. Cada vibración del mar le regalaba un recuerdo de lo vivido anoche. Esa ola traía el eterno desarraigo de Ahmed. Aquella llevaba la imagen de Amina cobijando un bebé del violento arrullo del mar. Pero aquello no importaba. El alacrán seguía ahí. De pronto el bicho atisbó el peligro y echó a correr para refugiarse en la bolsa de basura. En su bolsa de basura. Así que levantó la piedra y, con un gesto de asco, lo machacó. Y lo olvidó.

Después abrió la bolsa. Cogió la ropa que llevaba, se secó y se vistió, no sin antes revisar la carísima y diminuta cámara de video. Estaba seca, bien envuelta entre la funda y los innumerables plásticos acolchados. No había sufrido daño alguno. Más tarde les daría en los morros a esos memos comprometidos de la redacción. Podían seguir dedicando su tiempo a informar, a intentar comprenderlos, a ser su voz en tierra extraña... que siguieran así. Mientras, su reportaje sobre pateras sería un éxito. 

En Renacuajos, ranas y algún que otro príncipe azul. Editorial Grupo Búho. 2008

Os recuerdo que ya está abierto el plazo de matrícula para los Cursos On Line para escritores, poetas y aficionados la escritura en Verbalina. Escuela de Escritura Creativa. Os dejo el link  de los cursos por si quereis echar un vistacillo: http://verbalina-escribirliteratura.blogspot.com.es/p/cursos-on-line.html